Lula y el futuro de la región

29deOctubrede2002a las08:16

Por un lado, nadie ignora que el candidato triunfante -votado por 50 millones de ciudadanos- respondió durante largo tiempo a la imagen de un líder comprometido con los envejecidos postulados ideológicos de la izquierda latinoamericana, a los que adhirió muchas veces como dirigente del Partido de los Trabajadores y como líder sindical.

Por el otro, nadie puede desconocer que en los últimos meses -y, especialmente, durante la campaña electoral que precedió los comicios que acaban de celebrarse- su prédica fue la de un político racional y lúcido, conciliador y moderado, que pareció estar de vuelta de las posiciones radicalizadas y que se mostró dispuesto a garantizar la continuidad de muchas de las líneas de acción del actual presidente, Fernando Henrique Cardoso, especialmente en aquellas áreas reservadas al imperio de las llamadas políticas de Estado.

Desde el punto de vista de los intereses generales de la región -y de la propia sociedad brasileña-, hay razones fundadas para desear que el futuro presidente despliegue la visión estratégica de un estadista moderno y deje de lado los anacrónicos proyectos revolucionarios y los vetustos reduccionismos ideológicos que en el pasado lo definieron como un líder contestatario.

Debe tenerse en cuenta que el electorado le ha dado la victoria a Lula en respuesta a la prédica moderada que le imprimió a su campaña y, sobre todo, a su promesa de llevar a Brasil a una posición de liderazgo entre las naciones que han adoptado pautas de racionalidad en el manejo de su economía. Suponer que el votante de octubre de 2002 quiso rescatar las desactualizadas propuestas del Lula de las décadas del 80 y del 90 es alentar una interpretación contraria a toda lógica y es provocar una traspolación de los datos genuinos de la realidad social.

En cuanto al rumbo que Lula imprimirá a su política regional, que es lo que nos habrá de afectar directamente a los argentinos, existen también algunas dudas, que sólo el tiempo despejará. El candidato del Partido de los Trabajadores ha dicho insistentemente que una de las prioridades de su gobierno será el fortalecimiento del Mercosur. Su propuesta tiende a ir considerablemente más allá de los límites de la consolidación de una unión aduanera e invita a marchar hacia la creación de instituciones políticas y económicas, en una línea similar a la de la Unión Europea.

Pero entre el discurso y los hechos suelen existir distancias considerables. Es evidente que un impulso demasiado audaz a la integración regional podría agudizar las tensiones internas del amplio frente político concentrado por Lula. Puede ocurrir, por ejemplo, que algunos sectores de la sociedad brasileña presionen al futuro presidente para que profundice la tendencia a un mayor proteccionismo industrial, con el consiguiente efecto negativo sobre la política de integración con la Argentina.

A esas dudas se suman otras. ¿Cuál será el cumplimiento efectivo de la promesa de Lula en favor de un endurecimiento del bloque del Mercosur en las tramitaciones que habrán de conducir a la instrumentación de la Alianza de Libre Comercio de las Américas (ALCA)? El candidato triunfante se ha pronunciado en diferentes oportunidades en favor de una negociación que muestre a los países de la región firmemente unidos en el rechazo a la vasta estructura de subsidios y barreras con que Washington frena el ingreso de las exportaciones provenientes de América del Sur.

También aquí es probable que exista una significativa distancia entre el discurso y los hechos. El destino del Mercosur y su relación con el ALCA -y aun con la Unión Europea- dependerán, en definitiva, de la resistencia que el futuro gobierno brasileño sea capaz de oponer a las presiones del mundo desarrollado y, también, de la capacidad real de los países del sur de América para alcanzar coincidencias políticas y estratégicas que

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