Fuerte cuestionamiento a los subsidios
Se transcribe a continuación el editorial publicado por The New York Times en su edición del lunes pasado.
NUEVA YORK.- Cuando los productores mexicanos cruzan sus campos detrás de arados arrastrados por burros, tienen una sola meta: tratar de ganarse la vida. Cada vez más, sin embargo, descubren que sus cosechas se acumulan en montañas de vegetales sin vender porque los granjeros de Kansas y Nebraska venden su propio maíz en México a precios que están muy por debajo del de sus colegas mexicanos.
Esto no se debe fundamentalmente a una mayor eficiencia. La ventaja real de los estadounidenses proviene de enormes subsidios proporcionados por los contribuyentes, los cuales les permiten vender en el extranjero por debajo del costo real de producción.
En otras palabras, los estadounidenses subsidiamos tan abundantemente a nuestros agricultores que pueden vender por debajo del precio de sus competidores en el extranjero. Y, sólo para asegurarnos de que así sea, creamos barreras arancelarias que hacen extremadamente difícil que muchos granjeros del Tercer Mundo puedan vender en Estados Unidos. Lo mismo es cierto de sus esfuerzos por vender en Europa y Japón. El sistema agrícola del mundo está manipulado para favorecer a los ricos.
Hay un dicho muy viejo que dice: da un pescado a un hombre y lo alimentas durante un día. Enséñale a pescar, y lo alimentas durante toda una vida. Mencione usted "subsidios agrícolas" o "política comercial" a alguien y verá cómo se le hace vaga la mirada. Pero lo cierto es que esos aspectos son el núcleo mismo de lo que está manteniendo subdesarrollado al mundo en desarrollo.
El aumento de 50% en la ayuda exterior que la administración Bush prometió para los siguientes pocos años palidece en comparación con lo que una reducción en los subsidios agrícolas significaría para combatir la pobreza mundial. En el caso de los más pobres del planeta -unos 3000 millones de personas que viven con menos de 2 dólares por cabeza cada día-, nosotros, los que vivimos en Occidente, olímpicamente les arrojamos el equivalente de unos cuantos pescados, pero en forma habitual no les permitimos pescar por cuenta propia.
El primer paso
Un sector agrícola saludable, orientado a las exportaciones, basado en tierras y mano de obra baratas que muchos países pobres tienen en abundancia, debería ser el primer paso del desarrollo económico.
Pero a lo largo de Africa, el sur de Asia y América latina, esa ruta para salir de la pobreza fue perversamente bloqueada por los subsidios que EE.UU., Europa, Japón y otra naciones ricas pagan a sus más ricos granjeros y agroempresas.
El mundo en desarrollo paga más de 300.000 millones de dólares al año en subsidios agrícolas, siete veces más de lo que da en ayuda para el desarrollo. Esos incentivos crean una sobreoferta de cosechas como las de azúcar y algodón, que posteriormente son vendidas en términos de dumping en los mercados mundiales, aplastando a los productores tropicales.
Los subsidios también distorsionan los precios mundiales de los vegetales, flores y cereales, muchos de los cuales podrían ser vendidos a precios competitivos por los países del Tercer Mundo. Estados Unidos no es el que peor actúa en este contexto: es Europa. Pero Estados Unidos está en un cercano y vergonzoso segundo lugar. Los líderes occidentales proclaman las virtudes del libre comercio al mundo en desarrollo, y promueven enérgicamente el desmantelamiento de los aranceles sobre bienes manufacturados y la remoción de barreras a las inversiones libres. Pero en el área en la que la mayoría de los países desarrollados disfruta de las ventajas de costos más baratos de producción, Occidente no está dispuesto a practicar el libre comercio.
A principios de año, Washington aprobó una nueva ley agrícola que elevó los subsidios hasta en 180.000 millones de dó
