La soja sigue en la mira: todos quieren castigarla

Los argentinos vivimos, desde hace 70 años, de confusión en confusión, de traspié en traspié. Saltamos de lo psicópata a lo paranoico en un constante juego pendular.

19deNoviembrede2003a las08:54

Lo único constante e inmutable son dos problemas: el recurrente déficit fiscal y la cultura rentística nacional en la mayoría de la población y sus gobernantes. Todos quieren que el otro pague la cuenta. Los gobiernos quieren que paguen los agricultores, los industriales (al menos la gran mayoría) quieren que pague el gobierno, los productores y también los consumidores (por ejemplo, con tasas de interés negativas con respecto a la inflación, promociones industriales, exenciones impositivas, abastecimiento con bajos precios de materias primas o altos precios internos de sus productos, incluso mayores a los internacionales, etc. etc.).

La explicación para el primero de los problemas es la enfermiza insistencia de seguir gastando más de lo que se genera, de lo que se gana. Es igual que en casa de uno, si gasta más de lo que gana, primero acaba con los ahorros (si los hubo), luego se endeuda y después quiebra.

Déficit

El Estado, con el déficit fiscal recurrente, no quiebra pero entra en default. El Estado y sus múltiples gobiernos no han podido domar al déficit fiscal, ningún gobierno pudo hacerlo, democrático o de facto.

La causa fundamental está en el segundo problema mencionado, en la cultura rentística, en el pensamiento rentístico nacional, en la devoción al estado del bien-estar, en la creencia que todos nos salvamos por el Estado benefactor, ese Estado que todo lo puede, ese estado surgido después de la crisis de los años ''30 y agotado total-mente en 1989.

El campo argentino es fuente de toda la riqueza nacional, o al menos de gran parte, eso está claro y es evidente. Pero el campo no es todo, no se puede extraer todo de él, ni siquiera alcanza para todos. Los agricultores vienen sufriendo una discriminación recurrente desde hace 50 años, mejor dicho una persecución psicótica, con las famosas retenciones (que en realidad son impuestos a las exportaciones, un castigo a los que son competitivos y que no piden dádivas o privilegios); éstas, las retenciones, surgieron en la época del primer gobierno de Perón y se mantuvieron con todos los gobiernos, llegando al extremo de imponerse 55% de retenciones a la soja en la campaña 1975/1976.

Ahora nuevamente se trata de expropiar aun más a los agricultores, un proyecto del legislador Mario Cafiero, pretende elevarlas a 30 y 35%, (sean granos o subproductos), casi como en la primera etapa de Martínez de Hoz. ¿Qué defiende este legislador? ¿Defiende acaso a los agricultores de la provincia de Buenos Aires? ¿Defiende a las nuevas generaciones de argentinos obligando, mediante retenciones, a que los chacareros trabajen con «rotación de cultivos»? El legislador, quizás en su buena voluntad de ayudar, acude nuevamente a la cultura rentista, a la cultura del «que pague otro». El legislador bonaerense castiga a los agricultores más eficientes, a los agricultores que más tecnología han incorporado en los últimos años e, indirectamente, también castiga a la provincia de Buenos Aires, a cuyo pueblo representa, porque las retenciones no son coparticipables. Se extrae del circuito económico, un valor más que proporcional al aumento propuesto, un efecto negativo extraordinario. ¿Lo seguirán otros?

Para tapar estas malas prácticas, es necesario crear fantasmas, demonios, encontrar a los malos de la película. Es justamente lo que se pretende ahora con el campo, haciendo un demonio de su producto principal, la soja. Esto, como ha hecho un programa de televisión, es ser funcional a las malas prácticas de política económica; es ser funcional a los más variados e irracionales argumentos, tales como: que la soja es exótica, que la soja es transgénica, que la soja es negocio de los obtentores (semilleros leg

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