La soja cantó las cuarenta.

En el tute de la soja, la Argentina cantó las cuarenta. Cuarenta millones de toneladas...

16deMayode2005a las09:54

En el tute de la soja, la Argentina cantó las cuarenta. Cuarenta millones de toneladas. Es un número. Un flor de número. Veamos porqué.

En primer lugar, lo que llama la atención es el salto productivo de la última campaña: la cosecha creció un 25% respecto a la del ciclo anterior. Impresionante. El principal producto de la canasta exportadora argentina creció un 25% en apenas un año. ¡8 millones de toneladas adicionales, por un valor de 2.000 millones de dólares«!.

A los precios internacionales actuales, del orden de los 250 dólares la tonelada, el valor bruto de la producción sojera argentina ronda los 10.000 millones de dólares. Prácticamente la totalidad de los productos del complejo soja (semilla, pellets y aceite) se destina al mercado mundial, con más de cien países como clientes. Para tener una idea, la soja hoy triplica el mejor momento de las exportaciones de petróleo y sus derivados. Nadie parece capaz de achicar la diferencia en los próximos años, porque la soja está lanzada y lo demás está por verse.

A mediados de los 90, hace apenas diez años, parecía que después de dos décadas de crecimiento, la soja había alcanzado un techo. Estábamos en las 12-13 millones de toneladas. A partir del 96, cuando se libera al mercado la variedad resistente a glifosato arranca una nueva historia. En este breve ciclo la producción se multiplicó por tres.

En 1990, la cosecha total, sumando todos los granos (trigo, maíz, soja, girasol, sorgo, cebada, arroz, etc.) alcanzaba a 40 millones de toneladas. Lo mismo que ahora consigue la soja solita. "¿Sojización?". Sí, pero relativa, porque los demás granos también crecieron: este año entre maíz, trigo, girasol y sorgo se sumarán otras 40 millones de toneladas, para totalizar las 80. Y además, la soja y la sojización no tienen nada de malo... Es como pensar que Estados Unidos se hizo "chip-dependiente". La "chipización" tendrá su riesgo, pero valía la pena correrlo. Chile sigue siendo dependiente del cobre, a pesar de todo lo que han desarrollado en el último cuarto de siglo. Y nadie piensa que eso es malo.

¿En qué negocio estamos? Un economista de gran renombre presentaba los números de las exportaciones argentinas. Y se quejaba de su "baja calidad": siguiendo al nomenclador arancelario, el producto que más abultaba la cuenta era "Residuos y desperdicios de la industria alimenticia". "Exportamos basura", exclamó el analista.

Señores, esa basura era el pellet de soja. Harina vegetal con alto contenido de proteína, pavada de basura. Vale 200 dólares la tonelada, y la necesita todo el mundo para producir proteínas animales.

La humanidad está en plena transición dietética, además del aún alto ritmo de crecimiento de la población. Hay más bocas, pero cada boca es cada día más hambrienta. Quieren carne, pollo, chorizos de cerdo, leche, pescado de criadero (los caladeros no dan más). Mire si no lo que pasa con el principal comprador mundial de soja, China, de donde la soja es originaria. Se autoabastecía hace apenas diez años, con 15 millones de toneladas. Ahora está importando 20 millones. Y esto no tiene vuelta atrás.

Por eso la harina de soja ha sido el producto alimenticio básico cuya demanda más viene creciendo en el último cuarto de siglo. En 1980 se producían 100 millones de toneladas. Ahora, se superan las 200. Argentina, que en aquel tiempo no jugaba ni en la B, ahora es el principal proveedor mundial de harina de soja, base de todas las dietas.

Pero la mayoría de los argentinos le tiene miedo a la soja. Que la "desertificación", que el agotamiento de los suelos, que el riesgo del monocultivo. Señores, en la Argentina la tierra es propiedad privada, y tiene mucho valor. En buena medida, ese valor es la capitalización de la competitividad sojera. Y nadie que tenga un cam

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