La genética local hace punta en soja
Hoy el 90% de lo que se inscribe se obtuvo en la Argentina. Y hay variedades licenciadas a los EE.UU. Obtener una nueva variedad demanda entre 6 y 7 años. Todo comienza con una semilla obtenida de un cruzamiento dirigido. La eficiencia promedio de un cruzamiento es del 10%. Relmó hace entre 5.000 y 6.000 operaciones de cruzamiento al año y conduce unos 25.000 surcos de progenie.
Las sojas que siembran los productores argentinos, y que tan buen resultado les dan (la productividad local supera a la de los Estados Unidos) tienen básicamente dos orígenes: a) introducciones de variedades del exterior previo testeo local, y b) variedades obtenidas localmente por mejoramiento genético.
Pero lo que se observa en el mercado es que la participación de introducciones ha ido declinando a favor de las obtenciones locales, primero en grupos de madurez largos (donde no hay mucho desarrollo externo) y luego en los grupos III, IV y V, los más utilizados en el mercado.
Los números del Instituto Nacional de Semillas son contundentes. En 1999 se otorgaron unos 40 títulos de propiedad de soja, 28 para sojas extranjeras y 12 para nacionales. Apenas ocho años después, la cantidad no sólo más que se duplicó, sino 78 ya eran argentinas y sólo 5 extranjeras.
Que esto sea así se debe a que un grupo de compañías ha montado programas de mejoramiento genético local. Esto significa un proceso que demanda años hasta ver los resultados, pero que convierte a los inversores en la preciada categoría de obtentores de variedades vegetales.
Compañías tan variadas como el cooperativo Criadero Santa Rosa, una empresa familiar como Relmó, una nacional como Asociados Don Mario o una multinacional como Nidera, entre otras, participan de este proceso de obtener genética local.
