De Angeli llevó una entusiasta caravana

Cuatro ómnibus viajaron desde Gualeguaychú.

16deJuliode2008a las06:59

Primero se abrieron las puertas de la Catedral San José, el impresionante templo que desde 1863 mirá hacia la plaza San Martín, en pleno centro de la ciudad. Después aparecieron los barrenderos para levantar hasta la última hojita caída durante la noche sobre la amplia vereda de la plaza y a las ocho en punto empezaron a llegar los viajeros.

Banderas enrolladas, boinas, escarapelas, sombreros, distintivos abrochados al pecho y, obviamente, el infaltable mate. No hubo cánticos ni arengas. Mucho menos, tambores, bombos o redoblantes. En la cara de los hombres -donde hubo profusión de botas y bombachas- se notaban las huellas de largas jornadas bajo el sol. Ellas, en la mayoría de los casos, iban vestidas para la ocasión.

A simple vista, se notaba que viajaban más mujeres que hombres y, además, que los jóvenes superaban en número a los adultos.

Eran las ocho en punto, cuando los cuatro ómnibus en los que iban a viajar hasta Buenos Aires se fueron estacionando uno detrás de otro; tampoco hubo arrebatos ni desorden.

El pasaje era gratis, de ida y vuelta. El único requisito para conseguirlo había sido anotarse en la lista que Jorgelina Dezorzi, secretaria administrativa de la Sociedad Rural local, llevó puntillosamente.

¿Quién paga el alquiler de los chárters?, quiso saber LA NACION. "Estancieros amigos de De Angeli", fue la respuesta de voceros ruralistas.

"Es que aquí hay mucha gente que lo quiere y que lo apoya, y creyeron que una forma de demostrarlo era contratando los ómnibus para que la gente fuera a Buenos Aires", explicaron en la puerta de la antigua y señorial sede de la Sociedad Rural.

Por ese entonces, el heterogéneo grupo de viajeros ni se imaginaba que cinco horas después, en la Capital, y luego de desenrollar una gran pancarta en la que se leía "Gualeguaychú presente", la gente allí congregada iba a comenzar a aplaudirlos a rabiar y a abrir camino para que, sin esfuerzo, se colocaran en una posición privilegiada frente al palco de los oradores. Entendieron muy rápidamente que gestos de ese tipo forman parte de la liturgia propia de las manifestaciones populares. Comprendieron, además, que en ellos el resto de la gente reconocía a los esbirros de De Angeli.

Por la mañana, temprano, alcanzó que Jorgelina pasara lista para que cada uno se acomodara, en fila, ante la puerta del vehículo que tenía designado.

Parecía mentira que esa gente mansa y afable fuera la misma que durante 120 días había mantenido a pie firme uno de los piquetes más duros del interior del país.

Los periodistas, con cámaras de televisión transmitiendo en vivo, los movileros de las radios y los fotógrafos metían más bochinche que los propios manifestantes, en honor a la verdad.

A una señora le pidieron que desenrollara la bandera, para darle más "color" al momento de la partida. Resultó que ella era Estela, cuñada de Alfredo De Angeli que, como es fácil suponer, aquí tiene tantos adeptos como el mismísimo Justo José de Urquiza.

A las 9, la "caravana" de Gualeguaychú estaba en marcha. Doscientas almas, en cuatro micros, iban en viaje, con la esperanza de participar de una jornada histórica y con el deseo de que todo finalizara en paz.

Sucede que entre la gente se palpaba cierto temor en esa "aventura" de desembarcar en Buenos Aires. Temor a que no los dejaran pasar más allá de la General Paz, o de tener que vérselas con grupos piqueteros oficialistas. Tal vez, por ese motivo fue que los micros marcharon separados por 400 o 500 metros durante todo el viaje. Tal vez, por ese mismo motivo no se veían banderas en las ventanillas. Tal vez, por esa misma razón un número no determinado de productores de la zona prefirió viajar en coches particulares para sumarse al acto.

La jornada fue larga, larguísima. Interminables horas parados bajo el sol

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