Frigoríficos: la retirada de los grupos extranjeros

El lunes pasado, la gigante Cargill concretó el traspaso de su planta de Nelson a Friar, el frigorífico de la aceitera Vicentín; mientras, está negociando dejar la bonaerense de Bernal en manos de un consorcio formado por cuatro frigoríficos nacionales (Gorina, Arre-Beef y Ecocarnes y Compañía Procesadora de Carnes).

08deAgostode2011a las10:26

La multinacional no habla, pero en el sector aseguran que ambas operaciones son por poco y nada de dinero, y la promesa de los nuevos dueños de mantener el personal por un año. Hace seis, cuando compró Finexcor (que era dueño de esas plantas), en el sector decían que había pagado 70 millones de dólares.

En tanto, JBS, el mayor grupo frigorífico de Brasil y tal vez del mundo, vendería la planta de San José (Entre Ríos) si el Banco Nación le aprueba un préstamo de 70 millones de pesos a una sociedad anónima formada por la provincia y un grupo de inversores privados. La Legislatura entrerriana le dio visto bueno el 28 de julio al Ejecutivo para ese endeudamiento. Según fuentes del mercado la firma brasileña pretende 18 millones de dólares por esa planta que fue de Vizental y después de Swift. Las otras dos instalaciones que había cerrado y puesto en venta en 2010 (en las ciudades cordobesas Colonia Caroya y Juárez Celman) no tuvieron oferentes.

Tanto Cargill como JBS incursionaron en el negocio cárnico argentino durante el gobierno de Néstor Kirchner. Fueron parte del vendaval de capitales extranjeros que irrumpió en esta industria entre 2004 y 2007, cuando cuatro empresas se quedaron con 18 plantas exportadoras de carne en la Argentina.

La mayoría de ellas estaban entre las más importantes del país y concentraban un tercio de la cuota Hilton, el cupo arancelario que otorga la Unión Europea para los cortes bovinos de más alto valor, que es la cereza del negocio. JBS compró siete plantas; su compatriota Marfrig, ocho; Cargill, las dos que acaba de vender, y una la también estadounidense Tyson.

¿Por qué salen del país estos grupos si la conducción política no ha variado, si el precio de la carne vacuna en el mundo promete subir para siempre y ya se acerca a los valores récord de 2008, previos a la crisis mundial? Más allá de motivos particulares, hay razones estructurales para salir del negocio, como las hubo para entrar. Y las unas están en las antípodas de las otras.

El escenario post devaluación. El comienzo de siglo planteó un nuevo escenario en el comercio internacional de carne. Estados Unidos y Canadá comenzaron a tener serios problemas sanitarios a raíz del mal de la vaca loca (EEB). Europa pasó de exportador a importador neto. Australia y Nueva Zelanda encontraron un techo a su productividad y un límite a su expansión territorial: todavía no se pueden poner vacas en el desierto. Así, el Mercosur pasó a ser el único lugar en el mundo con posibilidades ciertas de abastecer la cada vez más firme demanda mundial de carne vacuna, un producto destinado a ser cada vez más caro, por el tiempo de inmovilización de capital que requiere respecto de la producción de las otras proteínas animales (un huevo tarda menos de 70 días en convertirse en un pollo listo para faena; un novillo tarda tres años en hacerse desde que lo engendran).

En ese escenario, la Argentina bailaba con la más linda, si resolvía —como lo hizo— el problema de la aftosa. Tenía más de 100 años de la mejor genética en los rodeos y pasturas excelentes (algo con que no cuentan Brasil ni Paraguay), conocimiento del negocio, posibilidad de expandir las áreas ganaderas (una limitante en Uruguay), y mucho por crecer en productividad (por las pobres tasas de parición y destete que hay en el país). Además, la devaluación de la moneda en 2002 generó una rentabilidad interesantísima para todos los commodities agropecuarios.

Algo así vieron los ganaderos, y se pusieron a retener vientres y a criar más. También

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