Montó un taller en un potrero y sus cuadros camperos los quieren de todos lados: “Es muy difícil exportar”

Catalina Ruiz es politóloga y artista; sus raíces de campo se reflejan en sus obras que combinan arte y naturaleza

Montó un taller en un potrero y sus cuadros camperos los quieren de todos lados: “Es muy difícil exportar”
19deNoviembrede2021a las20:12

Catalina Ruiz tiene un don. En un contexto donde pareciera que el arte pierde relevancia, con 26 años transforma una planta, un hongo o una flor en una obra con valor de exportación y creó una comunidad de aficionados por la pintura que la siguen y le encargan sus obras, tanto para decoración como para intervenciones publicitarias. 

Catalina Ruiz, el despertar de una vocación

Su pasión por la pintura viene heredada de su mamá y de ahí también su amor por la naturaleza: “Es de La Pampa, Catriló y toda su familia se dedica al campo. Voy bastante para allá. Mi mamá es artista y da clases, tiene una escuela hace años y de chica pasaba mucho tiempo en su taller”, expresó Catalina en entrevista con Agrofy News. 

Su papá es ingeniero agrónomo y productor hortícola y durante mucho tiempo se dedicó a la hidroponia: “Cuando tenía 18 me fui a Australia por el trabajo de mi papá. Estuve bastante en el campo y me voló la cabeza”, señaló Catalina.

Entre la política y la pintura

Sin embargo, el camino por el arte no fue su primera elección y decidió empezar a estudiar Ciencias Políticas: “Siempre me había ido bien en el colegio, me gustaba Historia. Pero cuando estaba cursando la carrera me aburría. Fui a una psicóloga y ella me recomendó empezar algo manual. Empecé a pintar. Hice cuatro cuadros un fin de semana, y vino una amiga de mamá a casa y me los compró todos”, relató la joven artista. 

“Estaba estudiando en la UCA y decidí cambiarme a la Universidad del Salvador en Pilar donde tenía más espacio para pintar. Mi objetivo era terminar la carrera y meterle de lleno a la pintura y así lo hice”, contó.

Cuando se recibió empezó a trabajar en la ONG Red de Innovación local: “Lo que hacen es la metodología CREA pero aplicada a municipios. Mi puesto era bastante creativo, llevaba mis lápices y hacía innovación pública, mapas conceptuales, ideas, dibujando”. 

Con la gran demanda de cuadros que tenía, al tiempo renunció y se fue a estudiar a Londres en Central Saint Martins: “Hice una clínica de arte y desarrollé más mi estilo”. 

A pesar de no haber seguido su carrera como politóloga, Catalina se considera un híbrido. “Hago trabajos con empresas multinacionales, bancos, y creo que la carrera siempre lo potenció. Saber armar presentaciones, proyectos, planificaciones. Las Cs. Políticas me dieron mucha cultura y aprendí cómo transmitir una idea”, destacó.

En medio de un potrero: un taller soñado

El atelier de Catalina surgió en plena cuarentena: “El contexto tuvo un impacto positivo en mi trabajo. La gente estaba en su casa y quería transformarla, decorarla. Fue tremendo la cantidad de cuadros que vendí y el crecimiento que tuve”, contó. 

Catalina vivió en Pilar desde los 3 años, “cuando se entraba por calle de tierra”. Tenía su taller en el centro en Capital y vivía en Pilar con su familia: “En la cuarentena me instalé ahí y de golpe me empezó a quedar chico. Llegué a tener 70 cuadros encargados. Yo estaba desbordada y tenía toda la casa tomada, living, comedor”. 

Su papá le cedió parte del terreno en medio de un potrero y en tres meses montó su taller: “Quería hacer un atelier más industrial, funcional. Es obra mía también, lo fuimos diseñando y dirigiendo con mi papá. Una paisajista me hizo todo el proyecto, tengo huerta, unos canteros espectaculares que me hizo ella. La idea es que todo el lugar simulara una pradera, que sea bien agreste, no un jardín de una casa y mi vista son los caballos”. 

“Me gusta esa calma y este estilo de vida, tiene otros tiempos. Tener este espacio de tranquilidad me permite pintar de otra manera, no sé cómo sería si viviera en el centro. También me gusta porque siento un poco lo que hace el campo. Vivís en un entorno más tranquilo pero trabajando en algo que es grande”, contó la artista. 

Citando a Picasso, Catalina considera que la inspiración debe encontrarte trabajando: “Arranco a pintar a las 9 y termino tipo 6 o 7 de la tarde. Necesito estímulos externos, un paisaje nuevo, una muestra de arte que voy, una artista que me convoca a hacer una muestra junto con ella. La mejor forma de hacerlo es estar en el campo con el pincel en la mano y animarse a jugar”. 

Hongos, flores, plantas: una pincelada que “brota” de adentro

Catalina cuenta que pinta lo que siente y en todos sus cuadros busca que se refleje la naturaleza, también hace algunos que son más botánicos: “Lo que mantuve siempre en el tiempo es la pincelada y la fui volcando a distintos temas, ya sea los hongos, ya sea las flores. Esa pincelada me brota de adentro, nunca la aprendí”.

La joven explica que no tiene una expresión artística que la defina: “Fui tomando de distintas corrientes, abstracción, impresionismo, a veces más figurativo pero intento que sea lo más suelto posible y combino muchos materiales, que no es muy ortodoxo en el arte. Uso desde pintura asfáltica, la brea, acrílico, óleo y óleo pastel. Todo eso me va ayudando a mi a transmitir lo que quiero de una flor, que sea más suelta, más personal”. 

Consultada acerca de cómo considera la relación arte/naturaleza, expresó: “Ves a la naturaleza como un todo y la ves perfecta, cuando te acercás a la planta o a la flor le encontrás las imperfecciones. Creo que el arte tiene la misma lógica. A veces me estanco en un pedazo, pero cuando me alejo del cuadro me cierra”. 

Respecto a sus “musas”, cuenta que le encantan todos los impresionistas, en especial Manet: “De artistas contemporáneos me gusta CJ Hendry que es hiperrealista y pinta en lápiz, mezcla arte y publicidad, interactúa con el espectador y es muy distinto lo que hace. Hay otra canadiense contemporánea que me gusta mucho que se llama Bobbie Burgers, ella también pinta muy suelto y tiene una técnica muy particular”.

El arte que se expande

Empezó con el boca en boca y luego su trabajo explotó en redes sociales: “Tengo un público variado, mucha gente que antes no se había interesado en el arte. Con lo digital se hizo mucho más accesible. Lo ven y les gusta, lo compran, no hay que ser experto en arte ni nada”. 

Arrancó a vender muchísimo y hace dos años que hace todo por encargo: “La gente me escribe y yo hago lo que me piden. Hago colaboraciones con marcas grandes, empresas y empecé a pintar murales”.

El problema de exportar

La joven artista comenzó a tener mucha demanda de cuadros de otros países: Chile, Paraguay, Perú, España, Estados Unidos. En mayo comenzó con la primera exportación de una obra a Perú y tardó 4 meses en concretarlo, entre llamados, autorizaciones y depósito: “Muchos artistas me habían dicho que exportar arte en este país era imposible”, contó. 

“Fueron tres meses de papeles, más un mes de cuadro retenido en la aduana, expuesto a humedad, calor. Es muy poco accesible y la realidad es que el arte en Argentina está muy mal valuado. Lo que acá sale mil dólares, afuera sale 5. Que exportar sea un proceso más lógico y lograble sería una gran oportunidad para miles de artistas argentinos que están trabados con esto”, detalló. 

“Luego de Perú exporté a Paraguay y EEUU, pero todas con trastorno. Me roba demasiado tiempo, no sabés cómo va a salir. Es totalmente inseguro”, contó. 

Consultada acerca de cuáles son las trabas que impiden el proceso, Catalina explicó: “En Argentina cualquier cosa pintada a mano se considera patrimonio nacional. Si tenés un dibujo que hizo tu hijo en el jardín y tiene su nombre no te dejan exportarlo, se considera patrimonio cultural. Es insólito. El país se arroga una propiedad sobre algo mío que en realidad no es, mi cuadro no está en un museo. Es necesario exportar porque el mercado en Argentina es muy chico y el arte es un bien de lujo. Tengo mucha demanda afuera y la realidad es que no puedo satisfacerla”. 

Para solucionarlo, Catalina cuenta que lo que hacen los artistas es viajar al lugar, pintan el cuadro ahí y si no lo entregan en rollitos y van mandando con alguien que viaja. “Me pasaron el contacto de una empresa que se dedica a exportar arte, es carísimo pero me aseguro de poder hacerlo”.

Por último, respecto a cómo ve Argentina como lugar para emprender y vivir, Catalina expresó: “Amo Argentina, quiero vivir acá. Me gusta mucho viajar y lo hago mucho por la pintura pero siempre de base tengo mi país. Vivir acá no es algo limitante para mi, soy re optimista, no creo que haya que irse afuera para triunfar. Tenemos muchas riquezas, mucha gente creativa, accedo a mucho talento: fotógrafos, diseñadores, productores audiovisuales. Tiene todos los pros y contras. Lo mejor de la Argentina es la resiliencia, la capacidad de trabajo de la gente y de reiventarse. Esto forma parte de nuestro ADN”.

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