¿Se puede producir maíz en la Patagonia? Lo logró y cuenta los secretos para llegar a 17.000 kilos por hectárea
En el Alto Valle de Río Negro, una región históricamente marcada por la fruticultura, el ingeniero agrónomo y productor agropecuario Francisco Pili impulsa un sistema diversificado que combina maíz bajo riego, ganadería, fruticultura y vitivinicultura

La historia de Esperanza SRL comenzó en 1992, cuando la familia de Francisco Pili adquirió una pequeña chacra en el Alto Valle de Río Negro dedicada a la fruticultura. En ese entonces, la actividad principal del grupo familiar estaba vinculada a otro rubro: la construcción y la producción de hormigón elaborado. Años más tarde, tras recibirse de ingeniero agrónomo en Buenos Aires, Pili regresó al Alto Valle alrededor de 2008 con la decisión de sumarse a los proyectos productivos de su familia en la zona de General Roca.
Hasta ese momento, la chacra mantenía su perfil tradicional, centrado en la producción de peras y manzanas. Con su incorporación comenzó un proceso de transformación. A partir de 2010, la empresa empezó a explorar un esquema agrícola-ganadero que permitiera simplificar el uso de mano de obra y apoyarse en la mecanización.
Así surgió la producción de forrajes —como alfalfa, verdeos de invierno y maíz— con el objetivo de integrarlos a un sistema ganadero.
Los primeros pasos se dieron en campos alquilados en la zona de Cervantes y Mainque. Con el tiempo, la familia logró adquirir propiedades en Cervantes y consolidar la estructura productiva actual: tres chacras que suman cerca de 300 hectáreas, de las cuales más de 200 están en producción.
Hoy, Pili está al frente de un sistema diversificado que se desarrolla en un radio de unos 30 kilómetros alrededor de General Roca, abarcando localidades como Cervantes, Mainque y Coronel Juan José Gómez. El establecimiento combina distintos rubros: fruticultura con manzana y pera, viñedos de Malbec y Pinot Noir, y agricultura orientada principalmente a maíz y forrajes.

Además, en los últimos años incorporaron una nueva apuesta productiva: una línea comercial de vinos llamada Dama Juanita, un Malbec elaborado en el Alto Valle de la Patagonia.
El maíz como eje de la diversificación productiva
En este esquema, la cadena forrajera ocupa un rol central. Según explicó Francisco Pili, en Esperanza SRL realizan todo el proceso productivo con maquinaria propia. Cuando un lote deja la fruticultura, primero se desmonta y luego se nivela con tecnología láser para prepararlo para la producción agrícola.
Después, los cuadros se diseñan con una leve pendiente que permite el riego por manto. “Los cuadros los regamos de 260 metros de largo por 60 de ancho, y eso nos permite mejorar los tiempos operativos de la maquinaria”, señaló.
Luego, según la aptitud del suelo, avanzan hacia el cultivo que se convirtió en el eje de la diversificación del sistema: el maíz. Allí trabajan con planteos de 90.000 semillas por hectárea y logran rindes máximos de hasta 17.000 kilos en los mejores lotes, con pisos productivos que buscan mantener entre 9.800 y 11.000 kilos por hectárea.

“El objetivo no es tanto aumentar los picos de rendimiento, sino elevar el piso productivo”, explicó el roquense. “Teníamos lotes que apenas alcanzaban los 6.000 kilos y el desafío fue llevarlos a niveles cercanos a los 10.000”, admitió el ingeniero.
Todo el maíz producido se integra al propio sistema ganadero del establecimiento: se cosecha, se almacena con maquinaria propia y luego se utiliza como alimento en el corral de engorde.

Del valle frutícola a la producción de maíz y carne en la Patagonia
Según explicó Francisco Pili, el Alto Valle de Río Negro fue históricamente una región frutícola que creció al ritmo de la producción de peras y manzanas. Sin embargo, con el paso de los años distintos factores —como las crisis del sector, los cambios generacionales y las dificultades vinculadas a la mano de obra— llevaron a muchos productores a replantear los sistemas productivos. “El Alto Valle fue frutícola toda la vida, el valle creció gracias a esa actividad”, señaló el productor.
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Alquilar campos en Córdoba cuesta 14 % más en dólares, pero el arrendamiento sigue en 12 quintalesEn ese contexto comenzó un proceso de agriculturización orientado a la producción de forrajes, donde el maíz empezó a ocupar un rol central. El productor explicó que este cultivo se incorporó como eje de diversificación para generar alimento destinado a un sistema de engorde a corral y transformar esa producción en carne generada íntegramente en la Patagonia.

Durante varios años, la región contó con el estatus sanitario de zona libre de aftosa sin vacunación, lo que generó un mercado regional muy dinámico. Aunque hoy la Patagonia compite con el resto del país, Pili señaló que continúan comercializando toda su producción en el mercado regional, principalmente en Río Negro y Neuquén, e incluso hacia el sur del país.
En este esquema, el maíz se destina casi en su totalidad a la alimentación del ganado. A partir del excedente de forraje, el establecimiento también desarrolló acuerdos con productores de la provincia de Neuquén, que envían su hacienda para realizar allí el proceso de engorde, manejo sanitario y administración antes de su comercialización.

Respecto a la producción de maíz en la Patagonia, Pili destacó que la región presenta condiciones agroclimáticas muy favorables: disponibilidad de agua para riego, días cálidos durante el verano, noches frescas y muchas horas de luz debido a la latitud. Sin embargo, remarcó que el manejo es clave.
“Acá el cultivo depende 100% del riego. No es sembrar e irse: hay que recorrerlo, manejar bien el agua y tener un equipo de trabajo atrás”, afirmó Francisco Pili.
En la región, las precipitaciones anuales rondan entre 160 y 190 milímetros, por lo que el manejo del riego se vuelve determinante para el éxito del cultivo. En ese sentido, el productor señaló que el principal desafío técnico no está tanto en el potencial del ambiente —que considera muy favorable— sino en la gestión diaria del sistema: el monitoreo permanente del maíz, el manejo eficiente del agua y el trabajo constante del equipo en el campo para que el cultivo pueda expresar su máximo potencial productivo.

Un encuentro que puso al maíz bajo riego en el centro de la escena
A inicios de marzo, en el Alto Valle se realizó el primer Encuentro de Maíz Bajo Riego de la Norpatagonia, una jornada técnica que reunió a productores, asesores, empresas y especialistas para debatir el potencial del cultivo en la región. Para Francisco Pili, el evento superó ampliamente las expectativas y evidenció el creciente interés que existe en la zona por este sistema productivo.
“Fue espectacular, superó las expectativas de todos. Se trabajó en equipo con muchas instituciones”, destacó.
El productor señaló que la jornada se organizó de manera conjunta entre distintos actores del sector, entre ellos MAIZAR, Aapresid, CREA, el INTA y organismos provinciales de Río Negro y Neuquén.
Según explicó, el evento reunió a más de 180 inscriptos y combinó instancias técnicas con actividades a campo realizadas en su establecimiento, donde los participantes pudieron observar maquinaria y tecnología aplicada a la producción de maíz bajo riego, desde sembradoras con sistemas de monitoreo y corte por surco hasta cosechadoras con monitor de rendimiento y demostraciones con drones.
Además, durante la jornada se realizaron calicatas y charlas con especialistas y semilleros, lo que permitió generar un espacio de intercambio entre productores con experiencia y aquellos que recién comienzan a explorar el cultivo.
“El protagonista era el maíz, pero otro eje muy fuerte fue el intercambio de experiencias entre productores”, explicó Pili. “Había gente con trayectoria que compartía lo que sabe y también muchos que querían escuchar y animarse a probar un cultivo nuevo en la región”, aseguró el ingeniero.

De acuerdo con el productor, ese interés refleja un cambio que comenzó a gestarse hace más de una década. Recordó que cuando iniciaron los primeros ensayos, entre 2011 y 2012, acceder a insumos y semillas era mucho más complejo.
“En ese momento traer una bolsa de maíz hasta la patagonia era difícil. Había que conseguirla a través de colegas o viajar a otras zonas productivas. Hoy el productor tiene mucha más información y el paquete tecnológico ya está disponible en las agronomías de la región”, comentó.
Para el ingeniero roquense, este proceso abre nuevas oportunidades productivas en el Alto Valle y en otras zonas bajo riego de la Patagonia. En ese sentido, destacó la actitud de los productores locales para adaptarse e innovar.
“El productor de acá es inquieto, le gusta innovar, probar cosas nuevas. Se puede equivocar, pero vuelve a intentarlo”, afirmó.
Pensando en el futuro, Pili considera que el maíz seguirá creciendo en la región a medida que se incorporen nuevas hectáreas bajo riego y se generen condiciones que faciliten la producción.
Según señaló, la llegada de nuevos actores productivos y el acceso a financiamiento para maquinaria y energía podrían impulsar aún más el desarrollo del cultivo. “Si seguimos ampliando el riego y mejorando las condiciones productivas, el maíz tiene muchísimo potencial en la Patagonia”, concluyó.

Producir en la Patagonia, entre desafíos y pasión
Para Francisco Pili, producir en la Patagonia implica convivir con desafíos constantes, pero también con una fuerte motivación personal.
“La Patagonia es un lugar único. Producir acá es difícil, pero también es apasionante”, afirmó. En ese sentido, destacó que una de las mayores satisfacciones de su trabajo es acompañar todo el proceso productivo, desde la siembra hasta la cosecha. “Ver una semilla crecer, observar el desarrollo de un cultivo y acompañarlo hasta que da sus frutos es parte de lo que nos motiva todos los días”, señaló.
El productor también remarcó la importancia de vincular el campo con las nuevas generaciones. Según contó, su establecimiento suele recibir visitas de escuelas y estudiantes universitarios con el objetivo de acercar el mundo agropecuario a quienes están comenzando a formarse.
“Creo que es fundamental generar ese nexo con los jóvenes. El campo es una forma de vida y de trabajo digno, y hay que mostrarlo”, sostuvo.

Al mismo tiempo, subrayó el compromiso ambiental que, a su entender, debe guiar a las nuevas generaciones de productores. “Tenemos la responsabilidad de cuidar el suelo y el ambiente para que quienes vengan después encuentren la tierra en mejores condiciones de las que la recibimos”, afirmó.
De cara al futuro, Pili aseguró que su objetivo es seguir desarrollando el sistema productivo en el establecimiento Esperanza SRL, apostando a la producción de alimentos y al crecimiento de la actividad agrícola y ganadera en la región.
Finalmente, dejó un mensaje para quienes evalúan producir en la Patagonia. “El conocimiento está y se comparte. Lo importante es conectarse con los productores y técnicos de la zona, que ya tienen experiencia y pueden ayudar a que los primeros pasos sean más firmes”, señaló.
Y concluyó con una reflexión sobre el potencial de la región: “A veces desde afuera se piensa que en la Patagonia no se puede producir, pero no es así. Lo que todavía nos falta es escala. Con el tiempo, eso también va a llegar”.

