De los cereales a la carne y de la carne a la electricidad

Los Blumenstock viven en la pequeña localidad de Kleinallmerspann, a mitad de camino entre Frankfurt y Munich, en el sur de Alemania.

Por
Markus Blumenstock junto a los biodigestores.

Markus Blumenstock junto a los biodigestores.

08deOctubrede2016a las12:14

Los Blumenstock viven en la pequeña localidad de Kleinallmerspann, a mitad de camino entre Frankfurt y Munich, en el sur de Alemania. Desde la autopista se ven los campos ondulados con gran variedad de cultivos, desde vid y peras hasta trigo, cebada y maíz, y en los lotes que rodean a las casas de la familia los cereales son los protagonistas. Pero ellos, granjeros por tradición, hoy están lejos de definirse como productores de granos: el establecimiento de los Blumenstock es una verdadera fábrica de energía.

“En total trabajamos en 250 hectáreas, de las cuales el 70 por ciento son alquiladas y pagamos por ellas unos 800 euros por hectárea por año”, detalla Markus Blumenstock en diálogo con Clarín Rural, que llegó hasta aquí invitado por la firma alemana Basf. Blumenstock habla en representación de sus padres y su hermano, socios en esta empresa, y cuenta los detalles del planteo agrícola: “En invierno, cuando las temperaturas pueden llegar a -30 grados y la nieve cubre el campo durante tres semanas, cultivamos trigo y cebada. En verano, con temperaturas de hasta 40 grados, solo hacemos maíz”, explica.

El suelo de la región es limoso y tiene apenas un dos por ciento de materia orgánica, pero los rendimientos no son para nada despreciables. Con 800 milímetros de lluvia por año, una fertilización nitrogenada en primavera y el uso de estiércol como abono durante el resto del año, los Blumenstock obtienen promedios de 10 toneladas por hectárea de trigo, 8,5 toneladas de cebada y 55 toneladas de maíz picado con 35 por ciento de humedad. Y aquí viene lo interesante: en una región famosa por sus panes y cervezas, los Blumenstock prefieren usar la totalidad de sus cereales para el agregado de valor en su propio campo a través de la carne y la energía.

“Cada mes compramos 30 terneros de 80 kilos de la raza Fleckvieh y los engordamos hasta que llegan a los 700 kilos”, dice el hombre. El engorde es intensivo, a los animales no se los castra y jamás salen de los establos, situados a pocos metros de donde están las reservas: megafardos y mezclas realizadas con sus propios cultivos. En total engordan 350 toros por año. “Además tenemos un galpón con 220 cerdas madres y 2.000 cerdos. Por año, engordamos 6.000”, agrega Blumenstock. De esta manera se completa la primera fase de transformación. Pero aun queda valor por agregar.

En una zona que se caracteriza por su desarrollo industrial, la energía tiene un rol estratégico, y bien lo saben estos productores. Detrás de los establos y galpones se erigen dos enormes biodigestores a los que van a parar todos los efluentes líquidos y sólidos de la producción animal. Allí se mezclan con toda la producción de maíz, y el biogás resultante se captura para la generación de electricidad. Los “globos” reciben 10.000 toneladas por año de efluentes, 12.000 toneladas por año de maíz y producen anualmente 7 millones de kilowatts de energía.

A esa electricidad se suma la que proviene de los paneles solares que cubren todos los establos y galpones del establecimiento, y una parte de la energía generada por un enorme molino eólico que se ve a lo lejos. Así es, para donde se mire hay generación de energía. Los gigantes eólicos están dispersos por todos los campos de la zona, y los Blumenstock son propietarios del uno por ciento de uno de ellos, como para diversificar el vicio de las energías renovables. “El 70 por ciento de los ingresos de la empresa provienen de la producción de electricidad”, dice el productor.

Claro que para poner en marcha semejante estructura, la inversión inicial fue grande, y el apoyo del estado, imprescindible. Según explica Blumenstock, el gobierno alemán supervisa todas las etapas de la producción, y si se cumplen ciertas normas ambientales otorga un subsidio de 300 euros por hectárea por año. Por eso, los productores deben considerar, por ejemplo, el balance de nutrientes del suelo.

“En la secuencia de cultivos, después del maíz entran cultivos de cobertura como la mostaza y el rábano, pero en lugar de cosecharlos los rompemos con disco para que incorporen los nutrientes al suelo. Después se utiliza una compactadora para evitar la erosión, que no es un gran problema en esta zona”, afirma el alemán. Luego añade: “La siembra directa se probó pero los rendimientos son menores. Además acá no está permitido el uso de la RR. El manejo de malezas se hace básicamente con la cobertura del suelo y la labranza”.

El maíz, que se siembra exclusivamente para producir biomasa, se implanta a una distancia entre hileras de solo 45 centímetros. De esta manera, explica el productor, se conserva mejor la humedad, se quita margen a las malezas y se permite la circulación de la máquina estercolera. La densidad es de nueve plantas por metro cuadrado, 85.000 por hectárea.

En todo el esquema de los Blumenstock no hay detalles librados al azar. Desde el momento de la siembra se sigue una estrategia que apunta a la transformación a través de la carne y la energía. Y para completar el círculo, por idea de la madre de Markus, comenzaron hace unos años a desarrollar el agroturismo, que hoy representa el cinco por ciento de sus ingresos. Al lado de las casas, los establos y los biodigestores tienen un restaurante en el que reciben cada año a entre 80 y 100 grupos de sesenta personas. Tal como hicieron con Clarín Rural, los llevan a recorrer las instalaciones, les explican cómo trabaja el campo y les cuentan que en solo 250 hectáreas la familia produce cada año carne vacuna y carne de cerdo para 10.000 personas y electricidad para 6.000. Así, con el modelo 360 los Blumenstock facturan cinco millones de euros, y sus ganancias rondan los 500.000 euros anuales.

Temas en esta nota

Seguí leyendo