Atanor crea su propia cámara y desafía a las grandes semilleras
La empresa está dando un claro giro hacia la agroindustria.
PorSegún Miguel Ángel González, su presidente, el negocio es muy rentable y no hace falta tecnología foránea
Cuando nadie esperaba un nuevo actor en las múltiples derivaciones que cobró la discusión sobre la propiedad de las semillas, apareció, y de un lugar también poco esperable: de la cada vez menos petro y más agroquímica Atanor.
La histórica empresa, controlada por el estadounidense Denis Albaugh, decidió crear ayer la Cámara Argentina de Semilleros (CAS), en franca oposición con la que existía, la Asociación de Semilleros Argentinos (ASA).
Más que franca, quizá habría que decir rotunda: "ASA no es más que una parafernalia circense organizada por dos semilleras multinacionales, Syngenta y Monsanto", disparó Miguel González, presidente de Atanor. "ASA es lo más parecido a la Revolución de Mayo: una entidad títere creada por dos compañías y sus adláteres. Que no nos pase como con Sobremonte, que se escapó con la riqueza", siguió, con una desmesura habitual en él y disonante en un sector de palabras milimetradas. El conflicto con ASA tomó estado público hace unos meses, cuando Atanor inscribió la semilla de la discordia. Es que, el pasado abril, se conoció que Atanor tenía una filial de producción de semillas, ATAR, porque había registrado una variedad de maíz que contenía un gen que Syngenta reclama como propio. Se trata del GA-21, un maíz RR (que le da al híbrido resistencia al herbicida glifosato), desarrollado por Monsanto, y que pasó por las manos de Bayer antes de quedar en las de Syngenta.
Si bien el cultivo del GA-21 fue autorizado recién en 2005, se había estado diseminando ilegalmente desde 1998, hasta alcanzar hoy unas 200.000 hectáreas plantadas, aunque la patente aún no fue aprobada. En medio de este proceso, en febrero pasado, la Secretaría de Agricultura emitió una norma que levantó polvareda, ya que exceptuaba de cumplir farragosos trámites burocráticos a quienes quisieran producir variedades de ese maíz. ATAR, Argenseeds y Zaccardi se inscribieron (hoy integran la CAS).
"ASA demandó al Estado argentino por este tema, y perdió incluso en la apelación en Cámara", dijo González, que piensa que además de muchas de las 3.000 pymes que integran el sector, se van a pasar a CAS grandes firmas que hoy están en ASA, como Nidera.
Respecto de Monsanto,
que ha iniciado ocho demandas en países europeos reclamando daños y perjuicios porque no cobra en el país regalías por la soja RR (que desarrolló pero no patentó en la Argentina), González dijo que "no puede ser que las autoridades se esfuercen en defender a los productores sin que los privados hagamos nada".
"¿Amenazan con dejar de traer tecnología si no cobran? Pero que no traigan nada, se la van a meter en el bolsillo, si acá está el mercado. Y acá tenemos el INTA, el Conicet, la Fundación Leloir y otros organismos y empresas radicadas en el país dotados con los mejores genetistas, que pueden producir semillas de última generación a menos de 60 dólares la bolsa que ellos quieren cobrar 120".
González también le apuntó al lugar común según el cual la investigación genética es muy cara, por los años de ensayo y error que requiere: "La venta de semillas es rentable, aunque se cobre sólo la primera vez. Hay que permitir que el productor gane y sea competitivo, si no, el sistema no es sustentable. Y nadie se funde ganando poco".
ALEJANDRA GROBA
