Sed en la patria lechera

La peor sequía del último medio siglo está provocando mortandad de vacas en la principal zona tambera del país.

01deSeptiembrede2008a las08:07

La falta de lluvias determinó que no haya forraje para alimentarlas. La producción cayó a la mitad y no hay acceso a créditos. Los productores lecheros regalan vacas y terneros para no tener que matarlos.

Es increíble que la vaca no aparezca en el escudo argentino. O que su cara mansa no nos interpele desde el centro de la Enseña patria, rodeada por los rayos del sol; o en lugar del sol. El símbolo por excelencia de la historia campestre nacional, ese que nos da la leche merengada y la del saché pasteurizado, la está pasando muy mal por estos días en la región argentina donde más se la adora y ordeña. El país de los tambos que late al este de la laguna Mar Chiquita, en territorios cordobés y santafesino, está sufriendo la peor sequía del último medio siglo.

En estos calientes días de agosto, el ícono de la argentinidad se está muriendo por falta de comida. Así como lo lee. Los primeros esqueletos envueltos en cuero podrido y orbitados por asteroides de moscas, que por estos días son multitud en las tierras ganaderas del norte santafesino y en tierras chaqueñas, también comienzan a repetirse en la zona tambera cordobesa.

No llueve desde febrero y los cultivos de alfalfa parecen yuyos bonsái. El forraje se acaba y los tamberos no tienen otra que mantener en pie a las Holando Argentino con alimentos insólitos de mencionar en una redacción escolar: semillas de algodón, restos de granos de soja, cáscaras de maní y de arroz.

Tan mal viene la cosa que algunos tamberos confiesan que prefieren matar a los terneros cuando nacen porque en este árido momento es más práctico –e incomparablemente más barato– que criarlos. O los regalan, a veces con sus madres, a las familias pobres de los pueblos cercanos, que ya los sumaron entre sus mascotas hogareñas y los tienen pastando en las veredas, en plenas zonas urbanas. Son tanques de reserva para el desayuno y la torta de los domingos. Hasta ya tienen un nombre para ellas: las llaman vacas cafeteras, las mejores amigas del café con leche infantil.

Estómagos. Walter Baudino saluda con un apretón fuerte, como se supone que se debe hacer en el campo. Tiene la mano envuelta en un pañuelo estampado. “Se me rompieron dos o tres huesitos ayer, cuando la metí en una máquina. No voy a ir al médico por esta tontería...”, dice. Baudino, 67, grandote como un oso gringo, dirige un tambo abierto por su padre y tres tíos hace 66 años cerca de Colonia 10 de Julio, justo donde se enciman y entreveran los mapas cordobés, santiagueño y santafesino.

Junto a su hijo, su nuera, su esposa y su nieto, Baudino nos invita a conversar a la cocina. “Cuando me nace un ternero macho ruego que nazca muerto. ¿Para qué lo quiero? Me cuesta en comida mucho más que lo que me va a dar. Nace y ya arrancás para atrás. Esta es la sequía más grande desde 1948. Es algo insólito, no llueve desde el verano y ni hemos podido hacer reserva de comida. Los rollos de alfalfa valían fortunas y ya se terminaron. Nosotros por suerte sembramos algo de soja y con eso hicimos rollos y se los damos a las vacas. Les encantan, pero es casi lo mismo que darles de comer madera. El 90 por ciento de los tamberos está mucho peor, porque tienen que comprar los rollos. Si esto sigue así desaparecen las vacas y, con ellas, nosotros. Sólo este tambo da trabajo a 22 familias. Imagine lo que puede pasar si empiezan a caer todos”, reflexiona.

Afuera, no muy lejos de la casa familiar, yacen los cadáveres descompuestos de algunas vacas lecheras. “Ya se me murieron 17”, dice Baudino, que todavía cuenta con otras 320 distribuidas en varios campos. “Con esto de la falta de comida por la sequía, las empezamos a alimentar con suero permeado, un sobrante de la leche que nos vendieron a buen precio. Nos dijeron que tenía l

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