Dejó un buen trabajo en la ciudad y recorrió 6.000 kilómetros a caballo: “Nunca dormí en la calle, siempre alguien me recibió”
Álvaro Biderman tenía 23 años y una carrera en el rubro inmobiliario cuando decidió seguir su pasión por los caballos; durante dos años y medio recorrió el país con tres criollos, desde el norte hasta la Patagonia

Álvaro Biderman tenía 23 años, un buen puesto en el rubro inmobiliario y un futuro que, desde afuera, parecía encaminado. Sin embargo, había algo que no terminaba de cerrar: la vida que llevaba no era la que quería para sí mismo.
Por eso decidió dejar la ciudad y volver a una pasión que lo acompañaba desde chico: los caballos. Así comenzó un viaje que, durante dos años y medio, lo llevó a recorrer más de 6.000 kilómetros por la Argentina, pueblo tras pueblo, con tres caballos criollos y el objetivo de cumplir un sueño.
“Yo no soy un tipo feliz y, si no sigo mi corazón y no vuelvo al campo, voy a ser un infeliz toda la vida”, recordó sobre el momento en que decidió dar el paso.

De la ciudad al campo: una pasión que nació en la infancia
Aunque no provenía de una familia vinculada al campo ni tenía experiencia con caballos, Biderman sentía una atracción por ese mundo desde chico. Las películas de cowboys y los viajes familiares a Coronel Pringles, en el interior bonaerense, fueron parte de ese vínculo que, con el tiempo, se transformó en un proyecto de vida.
A los 18 años decidió probar suerte en una estancia ganadera de Chascomús, donde trabajó como peón durante un año. La experiencia le confirmó que ese era el ambiente en el que quería estar. Sin embargo, después volvió a la ciudad, intentó estudiar y terminó trabajando en el sector inmobiliario.
A los 23 años, cuando su carrera profesional avanzaba y tenía estabilidad económica, resolvió cambiar de rumbo. “Me di cuenta de que el sentido de la felicidad no era ese”, contó.
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La sorpresiva confesión de Gonzalo Bonadeo sobre el campo: “Me hubiera gustado ser ingeniero agrónomo"Su idea inicial era recorrer toda América a caballo, siguiendo el ejemplo de Gato y Mancha, los caballos criollos que a comienzos del siglo 20 viajaron desde la Argentina hasta Nueva York. Pero, al llegar a la frontera con Bolivia, los trámites necesarios para continuar el recorrido le impidieron seguir adelante y decidió regresar para completar su travesía por el país.

Más de 6.000 kilómetros a caballo y el encuentro con la Argentina rural
El viaje implicó mucho más que recorrer distancias. Biderman avanzó durante dos años y medio a un ritmo de entre 20 y 25 kilómetros diarios, cinco jornadas por semana, mientras aprendía sobre la marcha a cuidar a sus animales e incluso a cambiarles las herraduras.
El bienestar de los caballos fue una parte central de la experiencia. Para continuar, necesitaba encontrar lugares donde pudieran descansar, alimentarse y tomar agua. También debía prestar atención a sus cascos, su estado físico y cualquier señal de malestar.

La travesía lo llevó por distintos paisajes y provincias, desde zonas de Santiago del Estero, Salta y Jujuy hasta La Pampa, San Luis y la Patagonia. En el camino, dependió muchas veces de la hospitalidad de quienes encontraba a su paso.

“Yo tengo el orgullo de decir que, en dos años y medio viajando, nunca dormí en la calle. Siempre alguien me recibió”, relató.

Esa experiencia también le permitió mostrar otra cara del país a través de las redes sociales, donde compartió imágenes, historias y encuentros con personas de cada lugar. Para él, una parte importante del recorrido fue acercar a otros a esa Argentina que conoció a caballo, lejos de lo que ya se conocía.
El final de una travesía y el comienzo de otra etapa
Biderman llegó hasta Neuquén capital y dejó allí a sus caballos, dando por finalizado el viaje. A sus 26 años, explicó que había vivido las experiencias que buscaba y que ahora sentía la necesidad de echar raíces y empezar a construir proyectos más duraderos.

Más allá de los kilómetros recorridos, la travesía le dejó una reflexión sobre las decisiones personales y las expectativas sociales acerca del éxito. Para él, seguir un camino propio requiere animarse a salir de lo conocido, incluso cuando la alternativa parece menos segura.
“No existe una fórmula para vivir la vida. Hay que tener bien en claro qué es lo que a uno le gusta y seguir esa autenticidad”, sostuvo.

