Llegó a caballo para dar clases y terminó cambiando la historia de todo un pueblo: la historia de la maestra rural que luchó 38 años por mantener abierta una escuela

Karina Guzmán llegó a El Albardón, un paraje en Santiago del Estero donde no había escuela, caminos ni comunicación; durante 38 años enseñó, enfrentó inundaciones y luchó para conseguir un edificio escolar y un puente que sacara del aislamiento a la comunidad

Llegó a caballo para dar clases y terminó cambiando la historia de todo un pueblo: la historia de la maestra rural que luchó 38 años por mantener abierta una escuela
04deNoviembrede2026a las13:15

Le dijeron que no iba a aguantar, que aquella zona era demasiado inhóspita para una mujer y que los maestros siempre terminaban yéndose. Pero Karina Guzmán llegó a caballo a El Albardón, un paraje del departamento Mitre, en el sur de Santiago del Estero, encontró una escuela que no tenía edificio y decidió quedarse.

Lo que comenzó con tres alumnos en un pequeño rancho prestado se convirtió en una historia de 38 años de entrega, durante los cuales la educación fue también una herramienta para transformar la vida de toda una comunidad rural.

Escuela rural de edificio blanco y alumnos con guardapolvo frente a un cartel patrio del 25 de Mayo

Ser maestra rural: enseñar en soledad y aprender a quedarse

En sus primeros años podía pasar uno o dos meses sin salir del paraje. No había electricidad, teléfonos ni transporte regular. Cada vez que viajaba al pueblo debía regresar con todo lo necesario para enseñar, desde cuadernos hasta lápices.

La distancia también significaba vivir prácticamente incomunicada de su propia familia. Durante mucho tiempo, el único contacto con sus padres era a través de una radio de Morteros, Córdoba.

Mujer sonriente con una torta rosa de cumpleaños decorada, frente a un edificio con ventanales

“Ellos ahí mandaban un mensaje y decían: ‘Hija, estamos bien. Yo sabía de ellos, pero ellos no sabían de mí”, recuerda.

Esa soledad era parte de una rutina que exigía mucho más que vocación. Había que aprender a vivir en el campo, adaptarse a las inundaciones y encontrar la manera de enseñar con lo poco que había.

Cuando el agua avanzaba, las familias dedicadas principalmente a la cría de ovejas debían trasladarse a terrenos más altos para proteger sus animales. Los chicos quedaban dispersos y llegar a la escuela se volvía imposible.

Bote con la leyenda CARDUMEN20 descarga cajas en la orilla del río; niños almuerzan en una mesa

Karina encontró una solución: si los alumnos no podían llegar a la escuela, ella llevaría la escuela hasta ellos.

Recorría los campos a caballo, organizaba clases en habitaciones prestadas por las familias y llevaba alimentos para que los niños pudieran desayunar y almorzar. En otras oportunidades, cuando las condiciones lo permitían, los alumnos permanecían durante la semana en la escuela, bajo su cuidado.

“Yo pensaba: un alumno tiene derecho a la educación, no puedo abandonar a los alumnos”, recuerda.

De cruzar en canoa a tener un puente: la lucha que cambió la vida del paraje

Pero había una situación que la angustiaba especialmente. El río Utis se desbordaba y dejaba a un grupo de alumnos del otro lado. Para asistir a clases, sus padres debían hacerlos cruzar en canoa. “Para mí eso era un sufrimiento”, confiesa.

Karina no quería que los chicos tuvieran que exponerse a esos riesgos para ejercer su derecho a estudiar. “Cuando el gobernador vino a inaugurar la escuela, le pedí un puente para que los chicos pudieran pasar. Y me escuchó”, relata.

Puente de metal rojo sobre un río de aguas marrones en zona rural llana, rodeado de pastizales

La respuesta superó sus expectativas. No se construyó solamente un paso para los alumnos, sino un puente que también permitió la circulación de vehículos y mejoró la comunicación entre los vecinos. “Ahora hasta los mismos vecinos se comunican. Faltan todavía muchas cosas, pero lo hemos logrado”, celebra.

Camino de tierra junto a un campo de pastizales y arbustos; al fondo, una estructura roja metálica

Aquella obra significó mucho más que una mejora de infraestructura. Fue una conquista para las familias que durante años habían convivido con el aislamiento y las dificultades para trasladarse.

Una maestra que también se convirtió en la voz de su comunidad

La historia de Karina deja al descubierto una realidad que atraviesa a muchos docentes rurales: además de enseñar, deben gestionar recursos, reclamar infraestructura y hacer visibles las necesidades de las familias ante las autoridades. “Nos designaban y bueno, vayan, sin decirme siquiera cómo era la realidad”, recuerda sobre sus comienzos.

Durante años viajó para presentar documentación, recorrió oficinas y esperó durante horas para que alguien la recibiera. Su objetivo era que las autoridades conocieran un paraje que muchos ni siquiera sabían ubicar. “Tengo que hacer conocer que sí existimos, que sí estamos”, se propuso.

Alumnos de la Escuela N°578 El Albardón en desfile, y niños formados junto al mástil en una escuela

Karina reconoce que encontró supervisores comprometidos y que también recibió acompañamiento gubernamental. Sin embargo, su experiencia muestra cómo muchas respuestas llegaron después de la insistencia de los propios docentes, que conocen de primera mano las necesidades de sus comunidades.

En 2011 fue distinguida como Maestra Ilustre por su labor comunitaria. Cuando tuvo la oportunidad de expresar qué regalo deseaba, no pidió nada para ella: pidió una escuela con las comodidades que sus alumnos merecían. Años después, ese sueño se hizo realidad.

Dos chicos besan a un compañero frente al cartel de la Muestra Anual de una escuela

La escuela rural, un lugar donde también se construye arraigo

Para Karina, la escuela nunca fue solamente un lugar donde aprender a leer y escribir. Era el punto de encuentro de las familias, un espacio de organización y una oportunidad para que los chicos pudieran crecer sin que vivir en el campo significara tener menos derechos.

Los vecinos prestaban caballos y canoas, colaboraban con alimentos y organizaban actividades para reunir fondos. Juntos levantaron las primeras aulas y construyeron un vínculo que trascendió generaciones.

Hombres con cajas de mercadería: a caballo, en un bote sobre el agua y en una camioneta cargada

“Yo también aprendí, no solamente en el profesorado, aprendí a ser maestra con esa gente grande”, reconoce.

Con el tiempo, Karina formó su familia en El Albardón. Allí crecieron sus hijos y vio pasar por la escuela a distintas generaciones. Hoy, incluso, asisten los nietos de algunos de sus primeros alumnos.

Maestra rural junto a cinco alumnos sonrientes en un patio escolar, con un campo de fondo

Hoy está jubilada, aunque sigue viviendo en la comunidad. Su nieta asiste a la misma escuela donde ella trabajó durante casi cuatro décadas.

Un reconocimiento a quienes sostienen la educación rural

Su trayectoria fue distinguida en Mar del Plata, durante la 5ta. edición de los Premios Lía Encalada, organizados por la Asociación Mujeres de la Ruralidad Argentina, donde recibió una mención a la Educación.

Una mujer recibe un premio con forma de planta de manos de un hombre en un escenario oscuro, mientras otra persona aplaude al costado.

El reconocimiento trasciende su historia personal: pone en valor el trabajo silencioso de tantos maestros y maestras rurales que recorren kilómetros, enfrentan el aislamiento y asumen responsabilidades que van mucho más allá del aula. Karina insiste en que nada hubiera sido posible sin las familias. “El maestro solo no hace nada”, asegura.

Y cuando mira hacia atrás, después de 38 años, vuelve a aquella promesa que se hizo al llegar a El Albardón, cuando encontró una escuela cerrada y una comunidad que había visto partir a otros docentes. “Yo lo que no quería era que la escuela se cierre. Y en eso puedo decir que les he cumplido”.

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